Ya caía la noche, el momento más largo de todo el día, esas horas en las que vives con hambre, con frío, pero más que nada… con miedo.
Sí, era miedo el que sentía, después de irme de casa, cuando era sólo una niña de 8 años y acostumbrarme a esto: la calle. El mendigar por comer, cuando no, buscar entre la basura una sobra de pan de días anteriores, recolectando cartones para que el frío se sienta menos intenso, pero lo peor, siempre fue este momento, cuando caía la noche. Noche oscura e infinita, en la que tenías que cuidar tu espalda, pero más que la espalda, debías cuidar tus piernas, tu cadera, tu pecho…
Cuando vivía con mis tíos, llegué a segundo básico, sí, leo y escribo, mal, pero con esfuerzo se logra. Me fui de esa casa por sucesos completamente razonables, por lo menos, para ellos. Mi tía era una mujer controladora y envidiosa, creo que nunca aceptó que yo tuviese el pelo medianamente claro y los ojos de color, es por esto que cada almuerzo ponía mi plato junto al del perro, excusándose de que yo no era digna de comer junto a ellos, por otro lado mi tío era un tipo alcohólico, cada noche llegaba dando portazos, después del primer golpe a la mesa sabía que debía contar hasta 14 él llegaría a mi cama, y me acariciaría por debajo de mi camisón. Sentiría sus dedos dentro de mi cuerpo y la presión de que si llegaba a decir algo un golpe de llegaría.
… Cansada del olor a trago, de la comida con pulgas, de esas manos frías y grotescas que me acariciaban cada noche, decidí irme. En la calle he aprendido, he vivido, he comprendido el mundo de una perspectiva totalmente distinta a la que conoce la gente a la que todo se lo han dado, por ejemplo ¿Cuán agradecido has estado de que te tomen la mano para que puedas pararte del suelo? Creo que eso sólo me sucedió una vez con una persona externa a mi círculo, fue un caballero de unos 60 años, él vio como me tiró lejos la dueña de un negocio al tratar de robarle unas galletitas ¿Y sabes qué más hizo? Me pasó $500 para que me comprara unas galletas con un jugo, y fui feliz.
Ya cayó la noche, y el frío es aún más fuerte que hace unas horas, es el momento, debo empezar a buscar refugio, en la calle, cada uno es su propio jefe y cada uno se salva como puede. Esta noche no tengo tanto miedo, creo que después de estar viviendo 7 años en las mismas condiciones ya se te hace costumbre el recibir algunas noches borrachos piojentos, que con sus manos asquerosas buscan conseguir algún tipo de placer.
Tengo hambre, frío y estoy cansada. Hay unos cartones en la banca de la esquina, creo que lo mejor es buscarlos y durmiendo engañar al hambre y un poco al frío. Acurrucada entre los cartones me dan ganas de soñar, soñar con tener libertad, con poder por alguna noche en mi vida, vivir sin miedo, por algún día no pasar hambre, por una hora en el invierno no sentir ese frío que lentamente tortura tu cuerpo y lo estremece. Esta noche voy a soñar… El frío ya lo aguantaba y el hambre era casi inexistente, comenzaba a dormir entre esos cartones, cuando reaparece el traidor invierno, que soltó sus gotas, y en dos minutos mis nuevos cartones mojados, en dos minutos debía olvidar la onírica libertad, porque, en verdad, en la calle melancolía estás privado de soñar.
martes, 8 de septiembre de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)